domingo, 20 de abril de 2014

La maldición del talento

Vamos caminando en plena noche por el interior de un bosque oscuro, cuyos árboles ahora se muestran negros, como vacíos de la vida que por el día albergan, sus ramas se retuercen y lían entre ellas de las más raras maneras. Los cuervos también negros que sobre ellas se posan graznan furiosamente, ardiendo en deseos de arrancarnos los ojos,  y alzan el vuelo conforme vamos avanzando por debajo de ellos.
Ellos nos conocen, al igual que todas las criaturas de la noche, conocen nuestra historia, saben quiénes somos y qué hicimos en un pasado que recordamos sonriendo al mismo tiempo que nuestra maldición nos consume lentamente. Éramos jóvenes con ansias de comernos el mundo, teníamos proyectos, ilusiones, sueños que cumplir; creíamos que la vida era felicidad pensando que el sufrir penurias había pasado a la historia igual que pasó la época de nuestros abuelos. No tardaríamos en darnos cuenta de lo equivocados que estábamos. Enseguida, la envidia, el falso amor, la codicia y la traición hicieron acto de presencia entre nuestros círculos más cercanos y sus efectos no tardaron en dañarnos. Hartos de recibir puñaladas de quienes creíamos “amigos” y “amores”, nos obsesionamos con la fuerza. Guiados por nuestra obsesión, iniciamos un proceso de entrenamiento para que nuestras debilidades físicas y mentales pasasen a la historia.
La guerra fue la oportunidad perfecta para ponernos a prueba a nosotros mismos. No mostramos piedad con ninguna de nuestras víctimas, daba igual que fuese hombre, mujer, niño o anciano, no hacíamos distinción, nos era indiferente. No nos tembló el pulso a la hora de decapitar a sablazos a aquel hombre delante de su esposa e hijos, tampoco lo sentimos cuando apuñalamos a aquel niño de mirada inocente, ni cuando violamos salvajemente después a su madre. Destrozamos a nuestros enemigos, arrastramos sus cuerpos por la carretera exhibiéndolos como trofeo de guerra, la gente nos observaba con horror, temerosos de correr la suerte de nuestras víctimas, mientras nosotros reíamos salvajemente y con locura, orgullosos de haber asesinado nuestras debilidades. En nuestra búsqueda del poder más absoluto, nuestros amigos, familias y seres queridos también cayeron víctimas de nuestras ambiciones. No nos tembló el pulso, nada nos parecía lo suficientemente horrible.

Poco a poco fuimos víctimas de nosotros mismos. Nuestra sangre se volvió azul, nuestra piel palideció como el semblante de la muerte, nuestro aliento se volvió frío y nuestros ojos grises e inexpresivos; su mirada únicamente transmitía un profundo odio, solamente cambiaban de color con la sangre, adoptando el vivo color rojo de esta. Nos olvidamos de qué significaba la palabra dolor, ya nada nos importaba, no teníamos nada que perder, ya nada podía dañarnos.
Nos retiramos a las altas montañas, cuyos bosques y colinas recorríamos todas las noches al caer el sol vestidos con una capucha y una gran capa negra. Éramos los renegados, hombres que habían nacido en una época que no era la suya, que creían en unos ideales ya muertos y cantaban las triste canciones de una guerra terminada hace siglos.
Una noche como otra cualquiera, mientras caminábamos entre los vientos helados del bosque y los furiosos graznidos de los cuervos, dos jóvenes salieron a nuestro paso. Iban armados, concretamente con una espada y un revólver, se plantaron ante nosotros, exhibiendo una mirada de intenso odio hacia nosotros. Habíamos asesinado a su familia y ahora clamaban venganza. Por primera vez en mucho tiempo, no pude evitar que se me escapase una sonrisa altanera al mismo tiempo que mi compañero incitaba a los muchachos a que llevasen a cabo sus intenciones. El primer muchacho descargó el cargador del revólver sobre el pecho de mi compañero, que cayó al suelo apoyado únicamente en su rodilla izquierda. Al mismo tiempo, el segundo muchacho se abalanzó sobre mí, atravesando la parte izquierda de mi pecho.
El tiempo pareció haberse congelado de repente. Acto seguido, noté el dulce sabor dulce y frío de mi sangre deslizándose entre mis labios. El muchacho me observaba expectante mientras mantenía su espada hundida en mi pecho. Comencé a reír y, al instante, la capucha cayó dejando al descubierto mi blanco semblante pálido como la muerte. El muchacho quedó atónito, observando mis ojos de color rojo como la sangre.
 Le miré fijamente a sus ojos y su expresión inicial de decisión y valor había cambiado radicalmente; su mirada reflejaba su pánico. No pude evitar sonreír. Admito que disfrutaba con su miedo. Presa del pánico, el chico hundió toda su espada en mí, sobresaliendo la hoja de este por mi espalda. Fue entonces cuando le agarré por la nuca y le susurré al oído: “No puedes matarme chico, ya estoy muerto”. Le apuñalé rápidamente en el cuello y cayó al suelo boca arriba. Al mismo tiempo, mi compañero se había levantado y había degollado al otro muchacho, que yacía inerte en el suelo. El moribundo muchacho me preguntó el por qué de nuestras acciones. Caminé hacia él y lo levanté en peso sujetándole por el cuello. Le respondí: “El poder lo es todo”. Al terminar de contestarle, le atravesé con su propia espada, rematándole. “Saluda a Satanás de mi parte, chaval”.

Estos muchachos erraron al igual que el resto de gente al juzgarnos como simples hombres, pues no lo éramos. Nos habíamos convertido en sombras, seres oscuros que son temidos por la Muerte y hasta por el mismísimo diablo. Fuimos chicos con talento y nos transformamos en almas malditas, condenadas a vagar solitariamente por la tierra por toda la eternidad, con imposibilidad de morir; solo sabíamos matar, ese era nuestro único talento. Lo que nunca nadie supo es que nuestro talento era al mismo tiempo nuestra maldición.

No hay comentarios:

Publicar un comentario