Vamos
caminando en plena noche por el interior de un bosque oscuro, cuyos árboles
ahora se muestran negros, como vacíos de la vida que por el día albergan, sus
ramas se retuercen y lían entre ellas de las más raras maneras. Los cuervos
también negros que sobre ellas se posan graznan furiosamente, ardiendo en
deseos de arrancarnos los ojos, y alzan
el vuelo conforme vamos avanzando por debajo de ellos.
Ellos
nos conocen, al igual que todas las criaturas de la noche, conocen nuestra
historia, saben quiénes somos y qué hicimos en un pasado que recordamos
sonriendo al mismo tiempo que nuestra maldición nos consume lentamente. Éramos
jóvenes con ansias de comernos el mundo, teníamos proyectos, ilusiones, sueños
que cumplir; creíamos que la vida era felicidad pensando que el sufrir penurias
había pasado a la historia igual que pasó la época de nuestros abuelos. No
tardaríamos en darnos cuenta de lo equivocados que estábamos. Enseguida, la
envidia, el falso amor, la codicia y la traición hicieron acto de presencia
entre nuestros círculos más cercanos y sus efectos no tardaron en dañarnos.
Hartos de recibir puñaladas de quienes creíamos “amigos” y “amores”, nos
obsesionamos con la fuerza. Guiados por nuestra obsesión, iniciamos un proceso
de entrenamiento para que nuestras debilidades físicas y mentales pasasen a la
historia.
La
guerra fue la oportunidad perfecta para ponernos a prueba a nosotros mismos. No
mostramos piedad con ninguna de nuestras víctimas, daba igual que fuese hombre,
mujer, niño o anciano, no hacíamos distinción, nos era indiferente. No nos
tembló el pulso a la hora de decapitar a sablazos a aquel hombre delante de su
esposa e hijos, tampoco lo sentimos cuando apuñalamos a aquel niño de mirada
inocente, ni cuando violamos salvajemente después a su madre. Destrozamos a
nuestros enemigos, arrastramos sus cuerpos por la carretera exhibiéndolos como
trofeo de guerra, la gente nos observaba con horror, temerosos de correr la
suerte de nuestras víctimas, mientras nosotros reíamos salvajemente y con locura,
orgullosos de haber asesinado nuestras debilidades. En nuestra búsqueda del
poder más absoluto, nuestros amigos, familias y seres queridos también cayeron
víctimas de nuestras ambiciones. No nos tembló el pulso, nada nos parecía lo
suficientemente horrible.
Poco a
poco fuimos víctimas de nosotros mismos. Nuestra sangre se volvió azul, nuestra
piel palideció como el semblante de la muerte, nuestro aliento se volvió frío y
nuestros ojos grises e inexpresivos; su mirada únicamente transmitía un
profundo odio, solamente cambiaban de color con la sangre, adoptando el vivo
color rojo de esta. Nos olvidamos de qué significaba la palabra dolor, ya nada
nos importaba, no teníamos nada que perder, ya nada podía dañarnos.
Nos
retiramos a las altas montañas, cuyos bosques y colinas recorríamos todas las
noches al caer el sol vestidos con una capucha y una gran capa negra. Éramos
los renegados, hombres que habían nacido en una época que no era la suya, que
creían en unos ideales ya muertos y cantaban las triste canciones de una guerra
terminada hace siglos.
Una
noche como otra cualquiera, mientras caminábamos entre los vientos helados del
bosque y los furiosos graznidos de los cuervos, dos jóvenes salieron a nuestro
paso. Iban armados, concretamente con una espada y un revólver, se plantaron
ante nosotros, exhibiendo una mirada de intenso odio hacia nosotros. Habíamos
asesinado a su familia y ahora clamaban venganza. Por primera vez en mucho
tiempo, no pude evitar que se me escapase una sonrisa altanera al mismo tiempo
que mi compañero incitaba a los muchachos a que llevasen a cabo sus
intenciones. El primer muchacho descargó el cargador del revólver sobre el
pecho de mi compañero, que cayó al suelo apoyado únicamente en su rodilla
izquierda. Al mismo tiempo, el segundo muchacho se abalanzó sobre mí,
atravesando la parte izquierda de mi pecho.
El
tiempo pareció haberse congelado de repente. Acto seguido, noté el dulce sabor
dulce y frío de mi sangre deslizándose entre mis labios. El muchacho me
observaba expectante mientras mantenía su espada hundida en mi pecho. Comencé a
reír y, al instante, la capucha cayó dejando al descubierto mi blanco semblante
pálido como la muerte. El muchacho quedó atónito, observando mis ojos de color
rojo como la sangre.
Le miré fijamente a sus ojos y su expresión inicial de
decisión y valor había cambiado radicalmente; su mirada reflejaba su pánico. No
pude evitar sonreír. Admito que disfrutaba con su miedo. Presa del pánico, el
chico hundió toda su espada en mí, sobresaliendo la hoja de este por mi
espalda. Fue entonces cuando le agarré por la nuca y le susurré al oído: “No
puedes matarme chico, ya estoy muerto”. Le apuñalé rápidamente en el cuello y
cayó al suelo boca arriba. Al mismo tiempo, mi compañero se había levantado y
había degollado al otro muchacho, que yacía inerte en el suelo. El moribundo
muchacho me preguntó el por qué de nuestras acciones. Caminé hacia él y lo
levanté en peso sujetándole por el cuello. Le respondí: “El poder lo es todo”.
Al terminar de contestarle, le atravesé con su propia espada, rematándole.
“Saluda a Satanás de mi parte, chaval”.
Estos
muchachos erraron al igual que el resto de gente al juzgarnos como simples
hombres, pues no lo éramos. Nos habíamos convertido en sombras, seres oscuros
que son temidos por la Muerte y hasta por el mismísimo diablo. Fuimos chicos
con talento y nos transformamos en almas malditas, condenadas a vagar
solitariamente por la tierra por toda la eternidad, con imposibilidad de morir;
solo sabíamos matar, ese era nuestro único talento. Lo que nunca nadie supo es
que nuestro talento era al mismo tiempo nuestra maldición.


No hay comentarios:
Publicar un comentario