sábado, 26 de abril de 2014

El poder del odio

Otra vez esa sensación. Otra vez vuelve a mí ese vacío existencial. De nuevo he vuelto a perderle el sentido a la existencia. Lo veo todo tan absurdo y con tan poco sentido…. Vuelvo a ser un cadáver en vida, una figura vacía que camina entre los vivos como uno más. Los amaneceres perdieron su luz, su vida, su calor; las noches volvieron a ser oscuras, frías e interminables; el sueño se convirtió una vez más en un mero recuerdo; los días volvieron a ser iguales, sin distinción entre lunes o sábado. Cuando pensé que todo había pasado, volvió a empezar desde el principio.
Creí haber conseguido liberarme del mal que desataste dentro de mí. Recuerdo como empezó todo… Fue hace ya mucho tiempo, cuando estaba terminando de ser un niño y empezando a convertirme en un hombre… Tú lo eras todo para mí, eras el centro de toda mi existencia y mi proyecto de vida se organizaba en torno a ti. Eras los cimientos que mantendrían mi futuro edificio. Iluso fui cuando confié ciegamente en tus palabras; tonto fui al entregarme y depender tanto de ti; imbécil al pensar que recibiría lo mismo de ti.
Admito que supiste jugar hábilmente tus cartas. Por primera vez perdí una guerra, una guerra contra ti, en la que la victoria de uno conllevaba la total aniquilación del otro. Tras fracasar en mi intento de supervivencia, me desplomé frente a ti, inconsciente. Para asegurarte de que jamás regresaría, me arrojaste al vacío, en un intento por ahogarme en las entrañas del olvido. No sé cómo sobreviví a aquella caída. Únicamente recuerdo haber estado tumbado boca abajo en frente de un extraño manantial natural mientras la sangre fluía en monstruosas cantidades como consecuencia del impacto. Mi vista comenzó a nublarse progresivamente mientras sentía cómo la vida se me escapaba en un último aliento. Me dispuse a darme por vencido y entregarme a la muerte cuando, de repente, una voz, tan fría como siniestra, resonó en mi cabeza: “Has sufrido mucho joven, percibo en ti enormes sentimientos oscuros, sé que ansías la venganza más que tu propia supervivencia. Posees un gran odio, un sentimiento que posibilita mi existencia, dime pues, ¿temes a la muerte? ¿Deseas consumar tu venganza? Dame tu alma y a cambio, burlarás a la muerte y obtendrás el poder que tanto ansías y necesitas para llevarla a cabo”

 Nada más recuerdo haber dicho que sí…… Al día siguiente me desperté boca arriba en medio de un desfiladero. Me encontraba distinto, algo había cambiado dentro de mí. Mis graves heridas se habían curado, incluida la que me atravesaba el pecho desde el hombro derecho hasta la cadera izquierda; en su lugar quedaba una enorme cicatriz. Tampoco sentía ya el dolor, solamente el odio, odio que envenenaba mis venas, mi sangre y mi corazón.
El destino quiso que nuestros caminos volvieran a cruzarse. Quedaste desconcertada al ver cuánto había cambiado. Pude sentir el temor que te inspiraba el odio intenso que transmitían mis ojos. Comenzó la batalla y volví a perder. Caí al suelo sobre mi rodilla izquierda, exhausto, mientras tú estabas de pié frente a mí, cruzada de brazos y esbozando una sonrisa de satisfacción. No, no podía ser, la historia no podía volver a repetirse, no podía volver a ser derrotado por ti después de tanto sufrimiento, no podía permitir que volvieses a destrozarme, tenía que levantarme, debía destrozarte. Mi cuerpo se encontraba muy fatigado, pero mi corazón ardía, ardía de odio hacia ti y latía salvajemente en mi pecho  pidiendo tu sangre.
Fue entonces cuando decidí liberar el odio que había en mí. Me puse en pie, me sentía de nuevo con fuerzas, el odio había hecho que no sintiera nada más. El color de mis ojos se tornó rojo sangre, mis dientes más afilados, la mirada más fiera y la cicatriz de mi pecho brillaba y quemaba con el color del metal fundiéndose. Un aura negra rodeaba mi figura. Sí, ahora sabía qué había querido decir aquel demonio en el manantial, este era el poder que me había otorgado a cambio de venderle mi alma y consumar mi venganza.
Retrocediste, asustada por el poder tan abrumador que tenías frente a ti. Intentaste ofrecer resistencia pero todo fue inútil, ya no eras rival para mí. Caíste desplomada frente a mis pies y levanté tu cuerpo moribundo sujetándote por el cráneo. Nuestras miradas volvieron a cruzarse de nuevo, te observé fijamente y no pude evitar reír como un loco al haber consumado mi venganza. Y entonces fue cuando te dije: “Teme mi odio”. La arrojé al interior de un volcán para asegurarme de que nunca jamás regresaría. Después, en mitad de la noche, alcé el vuelo atravesando las negras nubes que cubrían las estrellas del cielo.

Ahora solo vivía para propagar el mal y el odio entre los hombres, alimentándome de sus peores sentimientos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario