Otra vez
esa sensación. Otra vez vuelve a mí ese vacío existencial. De nuevo he vuelto a
perderle el sentido a la existencia. Lo veo todo tan absurdo y con tan poco
sentido…. Vuelvo a ser un cadáver en vida, una figura vacía que camina entre
los vivos como uno más. Los amaneceres perdieron su luz, su vida, su calor; las
noches volvieron a ser oscuras, frías e interminables; el sueño se convirtió una
vez más en un mero recuerdo; los días volvieron a ser iguales, sin distinción
entre lunes o sábado. Cuando pensé que todo había pasado, volvió a empezar
desde el principio.
Creí
haber conseguido liberarme del mal que desataste dentro de mí. Recuerdo como
empezó todo… Fue hace ya mucho tiempo, cuando estaba terminando de ser un niño
y empezando a convertirme en un hombre… Tú lo eras todo para mí, eras el centro
de toda mi existencia y mi proyecto de vida se organizaba en torno a ti. Eras
los cimientos que mantendrían mi futuro edificio. Iluso fui cuando confié
ciegamente en tus palabras; tonto fui al entregarme y depender tanto de ti;
imbécil al pensar que recibiría lo mismo de ti.
Admito
que supiste jugar hábilmente tus cartas. Por primera vez perdí una guerra, una
guerra contra ti, en la que la victoria de uno conllevaba la total aniquilación
del otro. Tras fracasar en mi intento de supervivencia, me desplomé frente a
ti, inconsciente. Para asegurarte de que jamás regresaría, me arrojaste al
vacío, en un intento por ahogarme en las entrañas del olvido. No sé cómo
sobreviví a aquella caída. Únicamente recuerdo haber estado tumbado boca abajo
en frente de un extraño manantial natural mientras la sangre fluía en
monstruosas cantidades como consecuencia del impacto. Mi vista comenzó a
nublarse progresivamente mientras sentía cómo la vida se me escapaba en un
último aliento. Me dispuse a darme por vencido y entregarme a la muerte cuando,
de repente, una voz, tan fría como siniestra, resonó en mi cabeza: “Has sufrido
mucho joven, percibo en ti enormes sentimientos oscuros, sé que ansías la
venganza más que tu propia supervivencia. Posees un gran odio, un sentimiento
que posibilita mi existencia, dime pues, ¿temes a la muerte? ¿Deseas consumar
tu venganza? Dame tu alma y a cambio, burlarás a la muerte y obtendrás el poder
que tanto ansías y necesitas para llevarla a cabo”
Nada más recuerdo haber
dicho que sí…… Al día siguiente me desperté boca arriba en medio de un desfiladero.
Me encontraba distinto, algo había cambiado dentro de mí. Mis graves heridas se
habían curado, incluida la que me atravesaba el pecho desde el hombro derecho
hasta la cadera izquierda; en su lugar quedaba una enorme cicatriz. Tampoco
sentía ya el dolor, solamente el odio, odio que envenenaba mis venas, mi sangre
y mi corazón.
El
destino quiso que nuestros caminos volvieran a cruzarse. Quedaste desconcertada
al ver cuánto había cambiado. Pude sentir el temor que te inspiraba el odio
intenso que transmitían mis ojos. Comenzó la batalla y volví a perder. Caí al
suelo sobre mi rodilla izquierda, exhausto, mientras tú estabas de pié frente a
mí, cruzada de brazos y esbozando una sonrisa de satisfacción. No, no podía
ser, la historia no podía volver a repetirse, no podía volver a ser derrotado
por ti después de tanto sufrimiento, no podía permitir que volvieses a
destrozarme, tenía que levantarme, debía destrozarte. Mi cuerpo se encontraba
muy fatigado, pero mi corazón ardía, ardía de odio hacia ti y latía
salvajemente en mi pecho pidiendo tu
sangre.
Fue
entonces cuando decidí liberar el odio que había en mí. Me puse en pie, me
sentía de nuevo con fuerzas, el odio había hecho que no sintiera nada más. El
color de mis ojos se tornó rojo sangre, mis dientes más afilados, la mirada más
fiera y la cicatriz de mi pecho brillaba y quemaba con el color del metal
fundiéndose. Un aura negra rodeaba mi figura. Sí, ahora sabía qué había querido
decir aquel demonio en el manantial, este era el poder que me había otorgado a
cambio de venderle mi alma y consumar mi venganza.
Retrocediste,
asustada por el poder tan abrumador que tenías frente a ti. Intentaste ofrecer
resistencia pero todo fue inútil, ya no eras rival para mí. Caíste desplomada
frente a mis pies y levanté tu cuerpo moribundo sujetándote por el cráneo.
Nuestras miradas volvieron a cruzarse de nuevo, te observé fijamente y no pude
evitar reír como un loco al haber consumado mi venganza. Y entonces fue cuando
te dije: “Teme mi odio”. La arrojé al interior de un volcán para asegurarme de
que nunca jamás regresaría. Después, en mitad de la noche, alcé el vuelo atravesando
las negras nubes que cubrían las estrellas del cielo.
Ahora
solo vivía para propagar el mal y el odio entre los hombres, alimentándome de
sus peores sentimientos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario