Nuevamente me hayo ante
la pantalla, con fuego en el alma, no para quejarme, sino para dar gracias. Sí,
Señor, te doy gracias por todos los dones que me has otorgado; te doy gracias
por la constancia, por la buena memoria y la fuerza de voluntad. Todos estos
dones me ayudan en el camino que lleva hacia a Ti. Muchas veces siento las
tentaciones, los deseos propios del cuerpo, más gracias a ti no vuelvo a caer
de nuevo en el pozo sin fondo del hedonismo. Todos mis tropiezos solamente
sirven para acrecentar mi fe, aunque en ocasiones me flaquee, cuando llega la
ocasión, renace con fuerza, como un fuego incontrolado, que toma control de mí.
Te doy gracias Señor por haber hecho de mí un hombre romántico, algo he tenido
que heredar de algún ancestro del siglo XIX. Como dice Patxi Andión, “el coraje
y la pasión, quemaban su corazón”. Y sí, lo siento, y no pocas veces al día,
ese fuego quemándome el alma. Sí, es la vida, que arde en mi interior. He
comprendido la importancia de este fuego, de esta “llama”, es la fuerza que
todo lo mueve, es la fuerza que, bien encaminada, lleva hacia ti.
Hace poco tuve la
oportunidad de leer en Facebook una cita que, junto lo que me dijo el sacerdote
de la iglesia de San Lorenz, terminó de abrirme los ojos del todo, y me hizo
abandonar la sensación de soledad que tantas veces me atenazaba el alma (Y
ahora veo, que sin sentido”. Dicha frase decía así: “Si no encajas en el mundo,
es porque has venido a crear otro nuevo”. ¡Cuánta razón en tan pocas palabras!
Esta cita, añadida al “Gott ist immer bei dir” (Dios está siempre contigo), se
ha convertido en el símbolo de mi nueva etapa, otra de mis muchas
“resurrecciones” antes de la resurrección definitiva, tras la cual me
presentaré ante Ti, a la espera de tu juicio.
Mucho más importante
todavía es agradecerte tu atención, ahora y siempre, no solo porque nunca me
dejas caer, sino porque siempre escuchas todo lo que te pido. Por esto sé que
caminas conmigo, que me acompañas, junto con mi querido abuelo y mis
familiares, por la senda de la vida. Señor, no permitas que esta llama se
apague. ¡Al revés! Permíteme contagiar a los demás el fuego de tu vida. Ya sé
que muchos de mis hermanos se han apartado de ti, pero confío en Ti ciegamente,
y sé que tras la oscuridad siempre viene un amanecer, siempre mejor que los
tiempos anteriores. No tengo nada que pedirte en el papel, puesto que Tú ya lo
sabes de antemano. No pido nada egoísta, y espero que me libres de ello en un
futuro si llegase la ocasión. A Ti te dedico estas líneas, en una muestra de
pequeño agradecimiento por todo lo que me has dado.
“Si alguno tiene sed, venga a mí y
beba. El que cree en Mí, como dice la Escritura, de su interior fluirán ríos de
agua viva”
Juan 7:37-38
